domingo, 24 de abril de 2011

12-04-11

          Lo que nadie se esperaba en aquella Venezuela del 11 de abril de 2002, que todavía no se había vacunado de Chávez, y que ya estaba harta de sus abusos, era que Pedro Carmona Estanca fuera a tener un comportamiento tan poco moderado; considerándose en ese momento uno de los hombres más ponderados de Venezuela; presidente de la cúpula empresarial criolla; un gerente muy exitoso, y cuya carrera la había combinado con la diplomacia y la docencia universitaria. En el medio de su generación, cuando estudiaba bachillerato en el liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto, como se le conocía era como “Pedrito, el príncipe”, a propósito de lo muy atinado que era para todo. En aquel aciago año 2002, luego de su cuita, mucha gente lo disculpó, y lo ubicó en su contexto. Lo que uno no se explica es por qué este hombre resulta víctima de ese mal, propio de nuestro inconsciente colectivo, como es el mal de la presunción y del arribismo. Lo confieso: yo me lo tuve que tragar, pero cuando ví a Carmona en aquella oportunidad juramentarse como presidente de la República frente a sí, me pareció uno de los actos más presumidos que hayamos visto en nuestros anales patrios: una falta de sindéresis por lo cual todavía estamos pagando las consecuencias.
         La otra cosa es la siguiente: ¿por qué no hubo la suficiente fuerza del lado de la oposición, como para detenerlo en aquel desmán que cometía? Yo lo acusaría a él de ¿maquiavélico, se dice en este caso? Pero así como lo tendría a este señor por esto, también acusaría a Carlos Ortega, que era la otra cabeza visible de este movimiento que va a dar al traste con el gobierno de Chávez en aquel instante, en efecto, de demasiado pusilánime, y esto por dejarse tomar la delantera del otro; en lo cual habría jugado un papel importante el factor de la poca autoestima, de la que padecía el entonces presidente de la CTV con respecto a la dimensión de su liderazgo político, y lo que lo llevó a que a última hora se lavara las manos en este asunto, y se fuera a refugiar a su casa en el estado Falcón, contentándose con esgrimirle un insulto al otro, cuando se enteró que estaba formando gobierno en Fuerte Tiuna. Cuando pasan las cosas es muy fácil hablar, y ponerse a ponderar acerca de las circunstancias en las que se dieron; lo cierto es que es aciago 11 de abril, mientras el uno nos traicionaba enceguecido por su ambición política, el otro nos abandonaba apático por el menosprecio de sí mismo, y siendo en esa balanza entre los dos más fuerte que el otro, a propósito de esa potencia que habría detrás suyo, como era la clase trabajadora. Parece un lamento de cornudo esto a lo que me estoy refiriendo; pero he allí las consecuencias que estamos pagando con este gobierno facineroso: por el arribismo de uno y la apatía del otro.

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